LLEGADA DE UNA VIRGEN A BENIDORM

 

Los hechos tuvieron lugar entre la tarde del 15 de marzo y el 5 de abril del año 1740. Mediada la tarde, llegaron a Benidorm  noticias de que una nave arrastrada al garete por un temporal de Levante estaba cruzando la bahía. Las informaciones eran contradictorias, mas con insistencia se aseguraba que había perdido al arboladura, que navegaba medio hundida y sin señales de tripulación a bordo. Era la hora del declinar del sol cuando Antonio Bayona, Vicente Llorca y Miguel Llorca, con otros marineros, se hacen a la mar en un laúd para intentar el salvamento de la embarcación que se decía en peligro de naufragio. La noche que se avecinaba, la inseguridad del Mediterráneo, debida a la piratería de corsarios berberiscos y el mal tiempo reinante, siembran la inquietud en el pueblo todo por la suerte que pudiera correr la arriesgada expedición.

El  vecindario  otea desde la orilla misma del agua el brumoso horizonte del amanecer centrado en la Isla de la Luz que el alba va tiñendo de tonos violeta. La ansiedad de la espera se llena de gozo al vislumbrarse a lo lejos unas embarcaciones que que navegan con lentitud en busca de la ensenada de Poniente. La distensión de la gran alegría estalla unánime. Los que se lanzaron a la aventura del rescate regresan y traen con ellos, remolcándolo, un pesado navío.

Unos soldados de guardia en la costa intentan poner orden, dejar espacio libre para que las autoridades puedan cumplir con su misión. Al saltar a tierra Antonio Bayona y sus compañeros son recibidos son recibidos por el Juez de Marina, Francisco Orts, y por el notario Álvaro Llorca, que les saludan y felicitan por el éxito de la empresa llevada a término. Tras los parabienes y la euforia propia del momento que se está viviendo, el notario sube a bordo del londro, la nave rescatada, para su inspección a la vez que inventariar lo que en ella haya. Al llegar a la popa del navío comprueban, descubren, que allí hay una hay una imagen de la Virgen María con el niño Jesús en brazos. La noticia del hallazgo, comunicada  en voz alta por el notario, causa una profunda impresión en el gentío que la escucha.

Cuando aún no han terminado los trámites de los autos iniciados por el Juez de Marina, asistido por el notario, hace su entrada el capitán de dragones, José del Corral, quien trae órdenes del corregidor de Alcoy y del capitán general de Valencia, marqués de Cayluz, para que el navío sea incendiado con premura, pues podía su tripulación haber sido víctima de la peste y ser causa de contagio.

                La irrupción del capitán de caballería en la playa con mandato imperativo provoca un conflicto de jurisdicciones entre el juez que representa a las autoridades de Marina y el militar que actúa en nombre de la gobernación del Reino.

                El capitán consigue imponerse en la disputa por la razón de la fuerza y pide al Juez de Marina que los carpinteros de marina que de él dependen ayuden a desguazar la nave para quemarla. El juez se niega a obedecerle y el capitán recurre a la justicia ordinaria coaccionando a los marineros para que ayuden en  los trabajos de la quema.

             

 

   El fuego se va consumiendo, las pavesas palidecen y se apagan. Ya no queda sobre la arena más que calientes cenizas. Los niños que aguardan impacientes, se lanzan a una afanosa búsqueda de hierros y es entonces el centelleo de la sorpresa y el pasmo al encontrar a la imagen de la Virgen María sin daño ni deterioro alguno.

 

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